
La desarmante simplicidad de esta prosa planteada a modo de crónica contrasta con la complejidad del fondo y lo narrado, un aparente via crucis en el que la noble Shunkin pisotea con gélida displicencia a Sasuke, hecho que este recibe con júbilo, redoblando su abnegación y sometimiento, construyendo una relación de poder en la que la polarización que el autor hace de los personajes (Sasuke es bueno, Shunkin mala) se desintegra en un desenlace en el que el que parece sugerir que hasta en las más profundas simas del abandono del yo se busca la satisfacción de nuestros deseos más profundos, la mayor satisfacción del ego. Amor puro, verdadero, más allá de lo físico. Y también egoismo puro, verdadero, más allá de la piedad. Un círculo completo de polos positivo y negativo, ama y vasallo, noble y plebeyo, dominador y dominado, hombre y mujer. En su propio universo, bajo sus propias reglas. Mecidos suavemente por el dulce tañido de las cuerdas de un shamishen.
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