En Berlin, sin embargo, encontré otro tipo de capital, muy distinta a las que he conocido hasta ahora. Llena de árboles y buenas vibraciones, de bicicletas y respeto, de lógica natural y aprovechamiento del espacio. Un banquete sensorial para los amantes de la arquitectura, el arte, la comida, la naturaleza... multifacética es un adjetivo que no le hace justicia. Todo parece tener cabida en Berlin, nada se desecha, todo se recicla. Llena de expresividad y gentes creativas, cada esquina parece albergar una galería, un estudio, una escuela, un taller, una academia, una escuela, una sala. Desde el reciclaje más artesanal hasta la construcción más avanzada. Madera martilleada, acero y cristal. Volúmenes de imposible modernidad en la fachada de los edificios, columnas y arcos marcados por impactos de bala.
Berlin mira al futuro, pero exhibe sin pudor las cicatrices de su historia menos reciente. Hace sesenta años fue el epicentro de una guerra que convulsionó al mundo. Durante casi cuarenta, el punto de fricción de dos regimenes antagónicos. El conflicto la ha asolado varias veces, pero nunca ha penetrado en sus entrañas. La gente se impuso y derribó un muro bajo cuya sombra cayeron muchos berlineses. Ancianos y jóvenes, bebés incluso. La gente se apoderó de la ciudad. Y la ciudad sigue en sus manos. Una ciudad hecha por y para personas, en la que los excesos urbanísticos no parecen tener cabida, en la que lo medido, sostenible, ponderado, equilibrado, pausado... es norma. Es silenciosa. ¿Lo hubieras dicho?
Raramente se ve policía en los barrios "conflictivos", no digamos en las zonas céntricas. El acceso al transporte público no está controlado, pero todo el mundo tiene su billete. El tejido social funciona como una célula perfectamente irrigada. Existen una conciencia de y respeto a la individualidad chocantes. Tantas formas como personas, nadie parece juzgar, las
Fue en Septiembre e hizo buen tiempo. Incluso calor. Hasta en eso tuvimos suerte. No es de extrañar que tengamos un recuerdo idílico. La fresca inmensidad de Tiergarten, el espectacular paseo desde el Reichstag hacia el oeste siguiendo la ribera del Spree, el sector oriental, Treptower Park y sus mastodónticas estructuras soviéticas, la espiral de Kreuzberg (sushi, cervezas, dulces turcos), el atardecer (cerveza en mano) sobre los canales de Monbijou, los paseos nocturnos por Oranienstrasse y, por encima de todo Sansoucci, ese mundo fuera del mundo que se constuyó a capricho Federico II en la cercana localidad de Postdam. Los mil rincones naturales y artificiales que dejaron nuestras cervicales en reserva. Anonadados y extasiados. Nunca fui tan feliz ejerciendo de turista, pedaleando en una bicicleta hecha para destrozar posaderas. ¿Me obnubiló la experienia? ¿Soy fiable? Pregunté y todos los que la han visitado contestaron lo mismo: Berlin encanta, invita a volver, hace que desees volver.
Yo volveré. Con mi bici... y a ver Watergate.
¿Que sonaba? Raphael Saadiq - The Way I See It (Columbia,2008)